Las perdidas nunca dejan de doler aunque pase el tiempo y en algún momento del día uno cae y luego se levanta, pero siempre se llevan con uno en el alma.Aprendo todos los días no solo de las perdidas si no aún más de lo que tengo, de lo que me ha ido quedando en estos 42 años. y luego de gritar, golpear y despotricar contra este mundo establecido y de pensar que hago si nada puedo cambiar, luego de todo eso me detengo y pienso(sí algunas veces lo hago): pero de que me quejo? Miro a mi lado y veo a una niña de 10 años que cambió mi vida, que me necesita y me ama, que me pide un abrazo y me pregunta luego: ¿no te sentís mejor ahora?, y me dice: un abrazo siempre hace bien.Y que decir luego de hacer un esfuerzo en el día para ser positiva y ver que los contratiempos me siguen?, me entregué a la desasón.
Ahora me detengo más a escucharla, a mirarla porque en estos últimos tiempos difíciles que nos han tocado vivir, he aprendido más de ella que en años de otras personas o de mi propia experiencia.
Los niños han cambiado dicen los padres, abuelos y amigos, pero no será que ahora hablan más fuertes para que los escuchemos y nosotros cuando eramos chicos teníamos miedo de hablar siquiera, no será que ellos nos han obligado a escucharlos? No será que antes no nos escuchaban porque susurábamos porque queríamos ser niños buenos y a ellos hoy lo que más les importa es SER, sentir hacer, probar, y emitir sus propias opiniones sin miedos.
Mi hija cuando alguien le dice: que carita de niña buena que tiene, ella lo mira como si estuviera diciendo de que está hablando esta persona. Y yo contesto: si la verdad que las dos son las mejores hijas que alguien pudiese tener, pero sin explicar por qué lo digo. Hoy hablo de mi niña de 10 años porque mi otra niña de 20 es otro capítulo aparte que merece ser escrito, pero hoy no, ya el sueño me está venciendo y tengo a una niña a mi lado que no se va a ir a dormir hasta que yo no la acueste y le de abrazos y mimitos que como ella dice los necesita y en mucha mucha cantidad.


